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Falta poco para la Navidad y los pequeños ya están pensando en la carta a los Reyes Magos. Seguro que alguna vez habéis leído información sobre “la regla de los cuatro regalos”, una opción para reducir los efectos negativos a los que se exponen los pequeños a los que se regala en exceso: sobre-estimulación, pérdida de la ilusión, bajo nivel de tolerancia a la frustración y limitación de la fantasía.

Esta corriente es un buen punto de partida; además, nos gustaría compartir con vosotros una reflexión sobre estos límites materiales (por así decirlo) que pretendemos poner a nuestros hijos.

A estas edades tan tempranas, los niños aprenden fundamentalmente por imitación de lo que ven en sus modelos de referencia, que este caso somos los papás. Sin embargo, en numerosas ocasiones, nuestro ejemplo no acompaña la petición que verbalizamos al niño: si tuviéramos que extrapolar a nuestra vida adulta lo que les estamos pidiendo, no sé si seríamos capaces de abordarla.

Uno de los ejemplos más sencillos y extendidos es el debatido “compartir en el parque”: si yo no prestaría mi libro más preciado con un compañero de trabajo ¿por qué mi hijo tiene que compartir su juguete favorito con un extraño? O ¿cómo exigirles que utilicen menos el móvil si nos ven diariamente conectados mientras estamos con ellos…?

Con los regalos sucede lo mismo. Es fantástico que la carta a los Reyes Magos se vaya acortado, pero ¿sólo para los pequeños? ¿Cómo es la nuestra este año? La recomendación de reducir el consumo también es válida para nosotros, los adultos y el espejo en que nuestros hijos se miran.

Les decimos que no se encaprichen con cada juguete que ven en un escaparate, pero nosotros traemos a casa algo nuevo todos los meses o somos los primeros en lanzarnos a las rebajas. Les decimos que vamos a llevar algunos de sus juguetes a los niños que no tienen, pero nosotros compartimos sólo aquello que ya está usado o pasado de moda… Quizá, antes de lanzarnos a comprar, podríamos pensar si realmente necesitamos eso que queremos o si podemos vivir sin él. Si somos capaces de marcarnos nuestros propios límites, entonces podremos enseñar a nuestros hijos que no es tan importante “tener”, pues nuestro discurso será coherente.

A la inversa no es posible: los pequeños son muy sabios y no se quedarán con un mensaje que nosotros les contemos pero que no sintamos ni tengamos interiorizado, aunque lo hagamos cien veces. Aprenderán con nuestro ejemplo, con nuestros hechos.

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos y las mejores herramientas que les daremos es lo que nosotros somos. Lo demás son palabras vacías.  Cada día encontramos numerosas ocasiones, pequeños momentos que nos pueden ayudar a ser más auténticos y a regalarles esa AUTENTICIDAD.

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