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Seguro que estamos acostumbrados a escuchar lo importante de poner unas rutinas a los niños para que se sientan seguros y tranquilos en su ambiente.

En una educación basada en pedagogía Waldorf, además, las rutinas son una de las claves del día a día, pues nos permiten marcar el ritmo de la clase. En esta pedagogía, los niños viven a lo largo del día momentos alternados de concentración y expansión, como si fuera un ritmo respiratorio, en el que inspiramos y expiramos. Y las rutinas son las que nos permiten crear este ritmo.

Por eso, es importante que todos los pequeños estén en la escuela a las 9, para que podamos comenzar el ritmo diario juntos.

El inicio de la actividad comienza con el saludo y, en seguida, nos ponemos a jugar o realizamos alguna actividad, como preparar pan o acuarela. Estas tareas son de concentración y no duran demasiado, pues los niños pequeños se concentran por cortos periodos de tiempo.

Hacer el pan ¡les encanta! Mientras cantamos canciones, trabajan aspectos motrices y experimentan con su propia vivencia que la vida está llena de procesos: por ejemplo, para comer un pan hay que cocinarlo.

La acuarela les transmite una experiencia diferente, en este caso, la vivencia del color: los colores primarios se mezclan y ¡aparecen otros nuevos!

Al finalizar la actividad, recogemos entre todos y hacemos un corro de la estación. Con las canciones, los pequeños aprenden a ubicarse en el espacio-tiempo a través de lo que sucede a su alrededor y siendo partícipes de ello.

Sus primeros conceptos temporales empiezan a fraguarse y un elemento que nos ayuda mucho es nuestra mesa de estación y el paso repetido por los años en el jardín de infancia. Gracias a esa repetición, el niño vive las estaciones cada año de una forma totalmente distinta por su madurez.

Tras las canciones, un rico desayuno y vamos al jardín. Salir fuera es el momento de expansión, en el que el niño se relaciona con el entorno y juega libremente, hasta la hora de comer.

La entrada a la clase para comenzar el siguiente periodo de concentración la hacemos caminando juntos hacia el interior, cantando una canción que les va bajando el ritmo para poder entrar en el cuento con más serenidad y armonía. El cuento precede al almuerzo, que cocinamos en nuestra propia escuela. Tras el almuerzo, acompañamos a los pequeños a la siesta.

Tras despertar, hacemos una merienda en el aula y comenzamos un nuevo momento de expansión jugando en el jardín hasta que el momento que más les gusta del día: ¡cuando sus papás llegan a recogerlos!

De esta manera, las maestras vamos trabajando con el grupo, fomentando su autoestima y desarrollo, adaptándonos siempre a lo que necesitan en cada momento y disfrutando muchísimo de estos niños y de su maravillosa infancia.

 

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